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CTK0 (Noviembre 2014)


Entrevista a Mario Caimi


Interview with Mario Caimi


por Claudia Jáuregui (Universidad de Buenos Aires)


Mario Caimi nació en Buenos Aires en 1947. Se graduó en Filosofía en la Universidad de Buenos Aires en 1974, y se doctoró en la Universidad de Mainz en 1982. Fue Profesor de Filosofía Moderna en la Universidad de Buenos Aires desde 1985 hasta 2012. Actualmente es Investigador del CONICET1. Recibió en 2010 el Premio Internacional Kant otorgado por la Sociedad Internacional Kant y por la Fundación Fritz

Thyssen, de Alemania. Se ha desempeñado como Profesor Invitado a cargo de diversos cursos en universidades de Alemania, Bélgica, Brasil, España, Francia y Venezuela. Tradujo varias obras kantianas al español, entre ellas: la Crítica de la razón pura, los Prolegómenos, los Progresos de la metafísica y la Antropología en sentido pragmático. Es autor de La metafísica de Kant. Reconstrucción de la argumentación del escrito de Kant "Los progresos de la Metafísica desde la época de Leibniz y de Wolff" (Buenos Aires, EUDEBA, 1989) y de Leçons sur Kant. La déduction transcendantale dans la deuxième édition de la Critique de la raison pure (París, Publications de la Sorbonne, 2007). Ha publicado asimismo numerosos trabajos de exposición y de interpretación de la filosofía kantiana en libros y en prestigiosas revistas especializadas.


- Conociendo su larga y reconocida trayectoria a nivel internacional, es casi inevitable sentir curiosidad por saber cuáles fueron las motivaciones que lo llevaron a emprender ese recorrido. ¿Por qué dedicar la vida a la reflexión filosófica? Se suele decir que lo que nos empuja a esta actividad es la búsqueda de la verdad. Pero alguien podría legítimamente preguntar por qué no aproximarse a la verdad siguiendo otros caminos como, por ejemplo, el de la ciencia o el de la religión.


No sé bien qué es lo que me llevó a dedicarme a la filosofía. Me inclino a decir que fue una de esas cosas inexplicables que después, con el correr del tiempo, resultan misteriosamente acertadas. Tal vez la segunda parte de la pregunta pueda servir para responder mejor a la primera. ¿Por qué la filosofía y no la religión o la ciencia? Deberíamos incluir también a la poesía en este grupo. La filosofía reúne la indagación rigurosa propia de la ciencia, la perplejidad ante el universo y también la belleza poética de los textos. Tanto la religión como la ciencia ofrecen certezas que no alcanzan a abarcar esos tres motivos juntos. Aunque por otra parte habría que reconocer que no es


1 Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina.

posible trazar límites rigurosos entre filosofía, ciencia, religión y poesía. Son límites más bien porosos. Abundan los puentes que van de una a otra.


- Aun así, dedicarse al estudio de la Historia de la Filosofía es una manera particular de hacer filosofía. ¿Por qué elegir esa alternativa en lugar de otras?


No puedo dar una respuesta de validez universal. Sólo puedo responder esta pregunta refiriéndome a mi punto de vista personal. Como me faltan la fuerza espiritual y el talento necesarios para alcanzar yo mismo grandes y profundas visiones filosóficas, trato de apropiarme de las obras y de las intuiciones de los autores que sí poseen genio, a quienes, por eso mismo, la historia ha preservado del olvido. Como bien lo ha expresado Bernhard de Chartres, al estudiar la historia de la filosofía uno se sube a los hombros de gigantes, para poder contemplar desde allí panoramas que jamás hubiera podido ver por sí mismo. La historia de la filosofía nos permite suplir así nuestra poquedad. Pero además, la gran variedad de autores geniales y profundos y sutiles nos permite abarcar incluso más de lo que cada uno de ellos alcanzó individualmente. Y si uno se acerca a ellos con cierta humildad, no para interpelarlos, sino para escucharlos y para tratar de entenderlos, recibe en recompensa riquezas inmensas.

Me gustaría referir aquí un hecho que tiene relación con lo que estamos comentando. Una vez, en uno de esos encuentros de orientación para estudiantes del colegio secundario, unos alumnos de último año me preguntaron: ¿qué investigan los investigadores de filosofía del CONICET? Les respondí con una descripción vaga de mi trabajo; una respuesta enteramente insatisfactoria. Desde aquel día pienso que debí haberles dicho que investigamos el sentido del universo. Eso es lo que en verdad hace el estudioso de la filosofía. Sólo que quien hace eso pronto se da cuenta de que sus fuerzas son insuficientes para plantear y resolver ese problema inmenso. Entonces encuentra las obras de filósofos geniales, mucho más inteligentes que él mismo. En ellas está planteado el mismo problema, y está resuelto de varias maneras, según el filósofo de que se trate.

El estudioso se pone entonces a leer a esos pensadores extraordinarios. Pronto se da cuenta de que en sus obras hay pasajes difíciles de entender. Cada una de ellas es como el relato de una expedición osada en busca de ese sentido que nosotros también buscábamos; pero algunas de las peripecias de esa expedición nos dejan perplejos; algunos de los pasajes de los textos hablan de cosas misteriosas que sólo el autor ha

visto y que resultan incomprensibles para quienes sólo leen el relato del viaje. El estudioso se aplica a investigar el sentido de esos pasajes enigmáticos. Allí es donde comienza la investigación de características más académicas, que incluye la consulta de lo que otros investigadores han escrito sobre el tema. Cuando cree que ha entendido esos pasajes o algún punto de ellos (muchas veces gracias a la ayuda de otros que también los estudiaron) el investigador publica su trabajo.

Hay quienes toman este aspecto del trabajo de investigación filosófica como lo único importante. Se olvidan del problema original, que dio sentido y razón de ser a toda la actividad. De ellos dice Descartes en uno de los prólogos a las Meditaciones que quienes se limiten a estudiar fragmentos de los argumentos y sólo busquen en ellos las contradicciones o las dificultades, no entenderán nada ni ganarán nada con sus esfuerzos. Creo que es más enriquecedora la actitud de quien lee, no para criticar al autor, sino para enterarse de lo que el autor verdaderamente dijo. Sólo si se guarda esa consideración al autor puede uno tener una expectativa razonable de alcanzar a ver eso que él vio, acerca de lo cual informa en sus obras. Eso es lo que hace el estudioso de la historia de la filosofía. Todos los períodos y todos los autores guardan riquezas y maravillas. Y en el caso especial de la filosofía moderna, ella ha puesto además las bases de nuestro pensamiento actual. También es cierto que en algunas de las obras de los grandes modernos (Descartes, Leibniz, Spinoza, entre muchos otros) hay una belleza que es muy comparable con la que se encuentra en Rembrandt, en Bach, en Vermeer, en Velázquez. En verdad, esa comparación ya fue hecha por los especialistas, en el caso de Spinoza y Rembrandt. Es una belleza que no se origina en la retórica, sino en el serio y fundamental compromiso con los temas investigados.


- Ha mencionado recién su actividad como investigador del CONICET. Pero Ud. no se ha dedicado sólo a la investigación, sino que ejerce también, desde hace muchos años, la docencia. ¿Enseñar filosofía nos vuelve mejores filósofos?


La filosofía tiene un aspecto o un componente de diálogo. No sé si se podrá hacer filosofía en completa soledad, sin el propósito de confrontar el propio pensamiento con el de otras personas. Si, además, esa confrontación se produce en el aula, obliga a un esfuerzo muy grande por alcanzar claridad y distinción de pensamiento; cualquier auto-indulgencia se vuelve imposible; los interlocutores- estudiantes conviven, en la mente del profesor, con interlocutores ideales, y uno se

encuentra participando en una conversación que tiene dimensiones mucho mayores que las de la efectiva realidad de una clase universitaria. Algo semejante ocurre cuando se trata de publicar algún trabajo escrito: se lo escribe y se lo publica no solamente para los hipotéticos lectores reales, sino para tener el privilegio de participar en una conversación de alcances inmensos. Así lo vio Maquiavelo cuando, según cuenta él mismo, se ponía las vestiduras de gala para leer a los clásicos.

Para mí, el diálogo con los estudiantes fue extremadamente enriquecedor, y fue a la vez un esfuerzo agotador, ya que no podía ofrecerles nada que no fuese, en la medida de mis posibilidades, sólido, bien fundado, claro, completo.


- La mayor parte de su producción está dedicada al estudio de la filosofía kantiana.

¿Por qué elegir a Kant para transitar ese camino de búsqueda de la verdad? ¿Hasta qué punto podemos decir que aún hoy, después de más de doscientos años, su pensamiento sigue teniendo vigencia?


Quizás elegí a Kant porque presentaba cierto desafío; como si me hubiera dicho a mí mismo que mientras no hubiese entendido las líneas fundamentales de la filosofía transcendental no podría estar seguro de haber conocido la filosofía verdaderamente rigurosa y libre de ilusiones engañosas. La inmensa profundidad del pensamiento kantiano está expresada en textos que, se podría decir, están configurados como concatenaciones de teoremas intrincados. No todos esos teoremas han sido esclarecidos de manera definitiva por los estudiosos. El desafío de internarse en ellos como un explorador, para tratar de entenderlos, junto con la bien fundada sospecha de que en ellos se esconden verdaderos tesoros del pensamiento, prestan al estudio de las obras un atractivo muy fuerte.

Entre los muchísimos temas que aborda la filosofía kantiana, yo me sentí especialmente inclinado a aquellos de la metafísica teórica. No lo hice solamente por inclinación personal, sino también porque creo que es la vigencia del pensamiento kantiano en nuestros días la que justifica mi elección. En efecto, el pensamiento teórico de Kant consiste principalmente, como es sabido, en una crítica de la razón. Kant emprende esa crítica para examinar la validez de las pretensiones de la metafísica dogmática; pero al hacer eso, su trabajo de crítica tiene por resultado el reconocimiento general de los límites de la razón. Al entender la crítica de ese modo, no solamente se advierte la debilidad de las pretensiones de los grandes sistemas metafísicos de la

Modernidad, sino que se conoce también la endeblez de todo tipo de ideologías (muchas de ellas florecientes en nuestro tiempo) que pretenden basarse en razonamientos para imponer sus principios. La crítica de la razón muestra que tal imposición es arbitraria. La filosofía crítica prueba que la realidad es muchísimo más rica que los conceptos que podemos formarnos de ella con la sola ayuda de nuestro pensamiento y de nuestras convicciones. Demuestra que es la paciente observación de la realidad la que debe servirnos de maestra, la que corrige continuamente nuestro pensamiento y nos descubre horizontes enteramente inesperados. Obvios ejemplos de ignorancia de la crítica son muchas de las ideologías de tipo político o religioso que algunos iluminados obtusos tratan de imponer haciendo daño a muchísima gente. Un ejemplo menos obvio de las consecuencias de ignorar la crítica es la ideología de cierto realismo ingenuo que sostienen muchos científicos, para quienes absolutamente toda la realidad termina justo allí donde termina su ciencia. Practican de esa manera, sin saberlo, una metafísica pre- kantiana. Y lo mismo hacen aquellos políticos o economistas que creen que lo efectivamente real se identifica con sus propios intereses. Kant nos ha enseñado, en su filosofía teórica, el valor de la cuidadosa prudencia en el uso de la razón, y el valor del respeto por lo que se extiende más allá del alcance de ésta; la conciencia de las limitaciones del sujeto que conoce; la conciencia de la propia finitud y de la relación de ella con lo infinito. Él mismo ha señalado esos resultados de su filosofía teórica cuando indica explícitamente que ésta demuestra que no pueden sostenerse, sin temeridad, ni el espiritualismo ni el materialismo; ni el ateísmo ni la convicción religiosa fanática. Esto está expresado de manera poética en un pasaje del Fausto de Goethe. Un espíritu superior se manifiesta al Dr. Fausto; éste, entusiasmado, le dice algo así como “Espíritu superior, ¡yo soy tu igual!”. A eso, el espíritu responde con sorna: “Eres igual al espíritu que tú puedes entender; no a mí”.

Incluso el reino de la pura teoría encuentra un límite (que es, a la vez, una complementación necesaria) en el reino de la moralidad y de la ley, que tiene una realidad más absoluta que la de la teoría misma. En esa dimensión ulterior de la filosofía kantiana se hallan respuestas para las preguntas acerca del sentido de la vida. Son respuestas cautelosas, que dejan lugar para que cada cual le dé a su propia vida un sentido propio y diferente; pero trazan las líneas más generales de orientación, que pueden establecerse con certeza y con buen fundamento. Por eso, la filosofía kantiana desemboca en algo que es más que mera ciencia: desemboca en la sabiduría.

Internarse en las profundidades de un pensamiento como el kantiano y trabajar en su interpretación conlleva expectativas de descubrimientos comparables con los de Lord Carnavon en la arqueología. Se cuenta que cuando finalmente abrieron un hueco en el muro de la tumba de Tut Ank Amon, Lord Carnavon se asomó por él, y alguien le preguntó qué veía en el interior. Él respondió con una frase que podría haber dicho cualquier estudioso de la filosofía kantiana: “Cosas maravillosas”.

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ISSN: 2386-7655

URL: http://con-textoskantianos.net

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